lunes, 20 de junio de 2016

Enseñar normas a los niños

Enseñar normas a los niños:
Enseñar a los niños lo que está bien y lo que está mal es una de los más importantes retos que tienen que afrontar los padres. Cómo hacerlo dependerá, como en todo aprendizaje, de la edad de los niños. En la niñez se siguen etapas evolutivas que determinan el desarrollo motor, cognitivo y emocional de los niños, es decir, de igual modo que van creciendo físicamente lo van haciendo mental y espiritualmente, lo que nos señala lo que podemos esperar de ellos y lo que no. Esto condiciona claramente nuestras estrategias educativas. Es decir, no podemos esperar que el niño cuelgue su chumpa en una sercha alta, porque aún no ha alcanzado la altura que precisa para ello, por lo que no podemos exigírselo, así que o bajamos la sercha de altura o tan sólo le enseñamos a que nos la dé a nosotros para colgarla. No habrá modo alguno de acelerar el proceso natural de desarrollo, en tal caso podremos retrasarlo si el ambiente no se ajusta a las necesidades (mala alimentación, por ejemplo).

La necesidad de que haya reglas: De este modo vamos a ver brevemente qué etapas atraviesan los niños en relación al juicio moral (qué está bien y qué está mal) y en función de ello, qué estrategias vamos a utilizar para enseñarles de modo eficaz.

Piaget definió la moralidad como “un sistema de reglas y el respeto del individuo por las mismas” y Kolhberg hablaba del juicio moral como “el juicio sobre la aceptación o desviación de la norma”. Ya tenemos el pilar más básico: necesitamos proponer reglas y ocuparnos de que se cumplan. Pero, ¿cómo? Un poco de psicología básica: Podemos definir tres etapas: Anomía (sin reglas), Heteronomía (perciben la existencia de reglas, que tienen un claro origen externo (padres, profesores…). Lo correcto es lo que ellos dictan y acatar o cumplir dicha norma. No se valoran aún intenciones subjetivas y considera los actos como “buenos” o “malos” en función de las consecuencias de cumplir o no con la regla (castigo, premio). La mayoría de los autores considera que es a partir de los 4 años cuando empiezan a interiorizar las reglas y manejarlas. Hasta aproximadamente los diez años responderán para evitar castigos u obtener recompensas. Posteriormente, les interesará también el ser considerados “buenos” o “malos” por los demás. La última etapa es la de Autonomía, en la que el sujeto ya supera el egocentrismo infantil y es capaz de considerar los derechos propios y también los ajenos. Se dará a partir de los 12 años (sentimientos de justicia, principios éticos y búsqueda de una lógica universal). A esta etapa no se llega necesariamente, hay adultos que no la alcanzan nunca.

Nuestro deber, establecer las normas: Por lo tanto, lo primero que debemos tener en cuenta es que no tiene sentido invertir energía y tiempo en tratar de razonar con nuestros pequeños el porqué de la norma. Sencillamente, no lo van a entender y no se van a guiar por eso. Debemos ser nosotros, en nuestro papel de padres, educadores, cuidadores, etc. Los que les demos de manera unánime una serie de reglas claras y con unas consecuencias firmes en su consecución o desafío. Nos interesa que las reglas sean pocas y muy claras y sin dejarnos llevar por razonamientos. Tenemos ser cariñosos y firmes. Nuestros pequeños no tienen capacidad de autocontrol, así que debemos ser nosotros su control, hasta que sean capaces de interiorizarlo. Si no hay límites, hay confusión e inseguridad: Los niños necesitan autoridad para crecer felices. Ni que decir tiene, que es el ambiente familiar el mejor y más seguro lugar dónde enfrentarnos a las normas y sus consecuencias ya que tarde o temprano nos enfrentamos a ellas (en el colegio, trabajo…) y allí sería más duro. Por tanto vamos a imponer disciplina, es decir, vamos a enseñarles a actuar a través de unas normas y con unos límites claros.

Para comunicar normas a sus hijos, sigua las siguientes pautas: Tono de voz: no grite. No les hable desde otra habitación. Acérquese a él, mejor si es a su altura y háblele en un tono medio. Lenguaje corporal: mantenga contacto visual. Mírele a los ojos y pídale que lo mire. Sujétele si es necesario. Sea expresivo, muestre lo que está bien con gestos positivos y lo que no con gestos negativos (sonrisa versus ceño fruncido por ejemplo). Muéstrese seguro: no titubeé. Una sola frase es suficiente y repítala si es necesario (sin excederse), en un lenguaje claro, con frases simples (“esto no se hace”). Si piden explicaciones responda de modo sencillo (Porque está mal. No quiero que vuelvas a hacerlo, por favor”). No es momento para ellos de entender juicios morales. No muestre ansiedad: intente siempre estar calmado frente a los desafíos. No se enfade. A fin de cuentas, debe entender que su “papel” es no transgredir la norma y el suyo supervisarla y corregirla. Asúmalo. Es su manera de aprender y la suya de enseñar. Si nota que está enfadado salga de la situación y respire hondo, unos segundos bastarán para rebajar la ansiedad y volver a afrontar con calma. Evite emplear etiquetas personales: (“Eres malo”) ni comparaciones continuas (“Tu hermano es bueno y tú no”). No personalice, elogie y censure la conducta, no al sujeto (“Te estás portando mal. Tu hermana se está portando bien”).

No ceda ni cambie estrategias de modo contínuo sobre la marcha: mantenerse firme es fundamental. La norma no debe cambiar según la situación ni según nuestro estado de ánimo, ni según quién la pone (es muy importante que estemos todos juntos para que haya coherencia educativa: padre y madre, abuelos, profesores…) No escatime nunca en elogios y atención: nuestra atención es el recurso más poderoso que tenemos, es el mejor refuerzo para nuestros pequeños. Pero no olvide que lo es siempre, también cuando les prestamos atención para regañarlos. Si solo les atendemos y nos dirigimos a ellos cuando se portan mal, aprenderán a portarse mal para captar nuestra atención. Por eso es tan importante que les dediquemos unos minutos cuando estén portándose bien y nos dirijamos a ellos para decirles lo bien que lo están haciendo y nos sentemos a compartir su tarea. Así mismo, les censuraremos y les retiraremos atención cuando su comportamiento sea inadecuado (“hasta que no dejes de patalear no voy a hacerte caso” y hacer caso omiso a su conducta, sin mirarles, sin tocarles, sin sonreír, sin gritar…. Una vez dejen de hacerlo, nos acercaremos, recordaremos la norma, y empezaremos a elogiar lo bien que lo hacen “Así está bien, ahora te escucho, dime cariño…” También puede utilizar otro tipo de refuerzos además de la atención (“Como te has portado bien y has recogido los juguetes, vamos al parque…” “Como te has portado mal porque no has recogido los juguetes, no te doy chocolate”.
Recuerde que los premios y los castigos siempre deben darse a continuación de la conducta para que sean efectivos. No utilice sus emociones hacia él como moneda de cambio (“no te quiero porque eres un niño malo” “papá no te va a querer si te portas mal”). El niño debe crecer con la seguridad de que el amor de sus figuras de apego (padres o cuidadores) es absolutamente seguro y estable. Solo así podrá desarrollarse adecuadamente y ser emocionalmente sano.

Los niños que crecen sin normas, se sentirán confusos, perdidos y serán niños inseguros que, a menudo se muestran enfadados y desafiantes, porque realmente, no saben cómo actuar ni adónde dirigirse. Esto les genera angustia. Es decir, si no damos normas y límites hacemos sufrir a nuestros pequeños más que si los guiamos firmemente.

Adaptación: Salvador García, Neuropsicología Cognitiva y Psicología Clínica Infantil, Colegiado Humanidades 4,702, Consultor Principal CÚSPIDE-Neurociencias y Coordinador Departamento de Orientación Psicopedagógica COLEGIO MIXTO BELÉN, Guatemala.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario